
Hay decisiones diplomáticas que no solo resultan discutibles: resultan grotescas. Que Estados Unidos pretenda tantear en Pakistán un posible armisticio o entendimiento con Irán pertenece a esa categoría. No estamos ante una maniobra sutil de alta política, sino ante una escena que bordea el esperpento geopolítico. Porque Pakistán no es un terreno neutral, ni un árbitro confiable, ni una instancia moralmente aséptica desde la que pueda encauzarse una negociación seria con la teocracia iraní. Es, más bien, parte del mismo ecosistema estratégico, ideológico y religioso que ha contribuido durante décadas a envenenar la región.
Presentar a Pakistán como mediador revela hasta qué punto Occidente ha perdido el sentido de las proporciones, de las categorías y del ridículo. ¿De verdad hay que recordar que Pakistán no es un actor inocente ni un espectador distante? ¿De verdad hay que fingir que Islamabad puede actuar como bisagra ecuánime frente a un régimen como el iraní cuando comparte con él una lógica de poder atravesada por la instrumentalización de la religión, el cálculo estratégico islamista y la convivencia, abierta o encubierta, con formas de radicalismo que Occidente dice combatir? La ingenuidad, cuando se vuelve sistemática, deja de ser ingenuidad y pasa a ser decadencia.
La incongruencia adquiere tintes casi obscenos en el plano militar. Se le exige a Irán que detenga su carrera armamentística, que modere su pulsión expansionista, que abandone su ambigüedad nuclear y que renuncie a reforzar sus capacidades misilísticas. Muy bien. Pero, al mismo tiempo, se otorga centralidad diplomática a Pakistán, un Estado islámico dotado de armas nucleares, misiles balísticos avanzados y una infraestructura militar de creciente sofisticación. Es decir: se predica la contención mientras se normaliza una anomalía equivalente cuando conviene al tablero. Ese doble rasero ya no es solo hipocresía; es la confesión involuntaria de una impotencia.
Porque el problema no es únicamente que Pakistán esté armado. El problema es que Pakistán jamás ha encarnado el ideal de moderación civilizatoria que haría creíble una mediación de este calibre. Su historial político, sus zonas grises con el extremismo, su estructura de poder y su ambigüedad calculada lo descalifican como supuesto espacio neutral. Acudir a Islamabad para negociar con Irán es como pretender apagar un incendio convocando a quienes comparten el combustible, aunque discutan sobre la forma de administrarlo.
Y, sin embargo, quizá lo más significativo no sea Pakistán. Quizá lo más revelador sea Occidente. La escena dice más sobre la crisis occidental que sobre la habilidad paquistaní o la astucia iraní. El bloque que durante siglos se presentó como depositario de la razón política, del universalismo ilustrado, de la superioridad institucional, del derecho y del orden, aparece ahora mendigando salidas en un escenario que simboliza justamente aquello que no ha sabido enfrentar. Islamabad: la “ciudad del Islam”. La imagen es devastadora. No por una cuestión religiosa en sí, sino por lo que representa en este contexto: una civilización exhausta que busca alivio en el corazón simbólico del problema que lleva años sin atreverse a nombrar con firmeza.
Porque ese es el gran drama de Occidente: ya no sabe nombrar. Teme definir. Titubea a la hora de reconocer la naturaleza de las amenazas que lo cercan. Se ha vuelto experto en eufemismos, pero torpe para la verdad. Donde debería hablar de islamismo político, habla de “tensiones regionales”. Donde debería hablar de teocracia expansionista, habla de “sensibilidades geoestratégicas”. Donde debería identificar una hostilidad doctrinal hacia la libertad occidental, se refugia en fórmulas burocráticas, en tecnicismos vacíos y en la falsa comodidad del lenguaje neutral. Pero la neutralidad verbal no desactiva al enemigo: apenas disfraza la cobardía conceptual.
Y en medio de esa decadencia aparece, además, el elemento farsesco: la pretensión de convertir a Jared Kushner en figura relevante de una operación de semejante espesor histórico. He ahí otro síntoma del tiempo. El yerno de Trump, empresario millonario, producto acabado de la política entendida como patrimonio familiar, pretende ser leído en clave de gran operador internacional. La sola comparación con Henry Kissinger resulta humillante para la política exterior estadounidense. Kissinger podía ser polémico, implacable, incluso moralmente discutible; pero nadie dudaba de su densidad intelectual ni de su comprensión brutalmente realista del poder. Representaba la razón de Estado en su forma más cruda. Kushner, en cambio, simboliza la sustitución de la estrategia por la pose, de la escuela diplomática por el apellido, del oficio por el decorado.
No es que falten nombres; es que falta estatura. No es que falten canales; es que falta civilización política. La diferencia entre una época y otra se mide precisamente ahí: en la distancia que separa una diplomacia con conciencia histórica de una diplomacia convertida en espectáculo doméstico, marketing personal y nepotismo revestido de “pragmatismo”. Pensar que una figura así pueda encarnar el relevo de la gran diplomacia norteamericana solo confirma que el problema de Occidente no es táctico, sino antropológico: ha rebajado sus élites, ha trivializado sus instrumentos y ha confundido influencia con celebridad.
Todo esto ocurre, además, en un momento en que Occidente parece aquejado de una fatiga más profunda que la mera debilidad coyuntural. Su crisis no es solo geopolítica; es moral, cultural e identitaria. Ha pasado demasiado tiempo erosionando sus propios fundamentos, sospechando de su historia, caricaturizando su herencia y deslegitimando las bases culturales que le permitieron organizar poder, lealtad y sentido. Esa autodemolición, presentada muchas veces como sofisticación moral, ha tenido un precio estratégico devastador. Una civilización que se avergüenza de sí misma no puede sostener durante mucho tiempo una confrontación seria con ideologías que sí creen, fanáticamente, en su propio mandato.
Y el islamismo político cree. Cree con una intensidad que Occidente ya no comprende porque ha dejado de creer incluso en sus propios principios. Esa es la asimetría decisiva. No se trata solo de armas, dinero o territorios. Se trata de convicción. El islamismo teocrático, en su versión iraní o en sus múltiples irradiaciones, opera como una cosmovisión de combate. Tiene relato, disciplina, paciencia y vocación expansiva. Occidente, en cambio, suele responder con administradores, comunicados, tecnócratas y rondas de negociación. Así se ganan pausas, pero no se gana el conflicto de fondo.
Por eso conviene no engañarse con la retórica de las treguas. Un armisticio mal planteado no siempre es un triunfo de la prudencia; a veces es simplemente una capitulación aplazada. Y cuando esa capitulación se gestiona en un escenario tan ideológicamente cargado como Islamabad, el mensaje es todavía más inquietante: Occidente no negocia desde la serenidad del fuerte, sino desde la fatiga del que ya no está seguro de merecer vencer.
También la OTAN y Europa quedan expuestas en esta escena. Durante años, Estados Unidos ha soportado el núcleo duro de la contención estratégica mientras buena parte de sus aliados europeos se refugiaban en la comodidad retórica, en la dependencia militar y en la ilusión de que el comercio, las declaraciones y la diplomacia preventiva bastaban para contener cualquier amenaza. Pero el mundo real ha regresado. Y ha regresado con teocracias, revisionismos, misiles, milicias y ambiciones de poder que no se disuelven en seminarios multilaterales. La superioridad tecnológica occidental sigue siendo inmensa, pero la tecnología sin nervio histórico no reemplaza la voluntad.
He ahí la raíz del problema. Occidente conserva recursos, pero ha perdido claridad. Conserva fuerza, pero vacila en usarla con sentido. Conserva memoria, pero se avergüenza de ella. Conserva instituciones, pero ha erosionado el sustrato moral que las hacía creíbles. Por eso Islamabad no es solo una sede diplomática: es una radiografía. Es la imagen de una civilización que, incapaz de resolver sus contradicciones internas, termina externalizando su debilidad en escenarios cada vez más humillantes.
La cuestión final no admite evasivas. ¿Puede una civilización sobrevivir cuando deja de afirmar lo que es, cuando ya no distingue con nitidez entre el aliado dudoso y el adversario declarado, cuando reemplaza a estadistas por herederos, y cuando convierte cada tregua en coartada para no afrontar el problema de raíz? La historia sugiere una respuesta inquietante: no por mucho tiempo.
Tal vez lo de Islamabad sea una ironía. Pero las ironías, en política internacional, suelen ser el preludio de derrotas serias. Y a veces los imperios no caen en un gran estruendo, sino en una secuencia de concesiones vergonzantes, errores de diagnóstico y escenas ridículas que delatan, antes que nada, una pérdida de fe en sí mismos.
MEP
